Un centímetro más allá

En estos momentos estoy experimentando un privilegio que seguramente agradeceré por el resto de mis días: por un problema de columna estoy con dolor permanente en mi pierna derecha al punto de no poder caminar ni valerme por mi mismo para casi nada.
Mi esposa ha sido la campeona de esta etapa, pues le ha tocado ser madre soltera de dos adolescentes y un niño de 1 año, y yo he estado secretamente disfrutando mi papel de actor secundario en estos capítulos de nuestra historia. Tengo 72 horas viendo poco más que el techo de mi cuarto, y en este tiempo he tenido la oportunidad de analizar cosas que por lo general ignoro.

Una de ellas es el dolor. Un personaje que nos visita periódicamente a todos sin excepción y al que yo le huía como a la plaga. Hoy, por mi problema de movilización, no pude salir corriendo como siempre y no tuve más remedio que platicar con él. Resulta que no es tan mala persona como yo pensaba. Me decía esta tarde que él no espera que lo busquemos, pero sí que al menos, cuando lo sintamos, lo respetemos. Me explicaba que su papel más importante es mostrarnos los limites, y que, por lo general, aunque no siempre, viene solo después de que nos han alertado el instinto y la razón. Si algo no nos conviene y lo hacemos, primero el instinto nos dice que no. Si lo seguimos haciendo la razón elabora más en detalle argumentos para que nos detengamos y si decidimos seguir eventualmente llega el dolor.

Me decía también que su papel secundario es servir de contraste para que podamos disfrutar y agradecer más esos periodos de tiempo sin su compañía, que muchos damos por sentado.

Como mi capacidad para moverme es tan limitada, las actividades más cotidianas como alcanzar un celular, un control remoto o un libro, encender o apagar la lámpara de noche o tomar la pastilla de turno, se vuelven más complicadas, al punto que he llegado a pensar que alguien me juega bromas pues siempre eso que busco parece estar un centímetro más allá del alcance de mi brazo. Alcanzo todo lo que no necesito, pero eso que busco esta justo más allá de lo que alcanzo.

Cuantas veces no he sentido eso en mi vida cotidiana. Cuantas veces eso que estoy buscando, eso para lo que me estoy esforzando tanto, parece estar un centímetro más allá de mi alcance.

Después de 72 horas de práctica he identificado que con paciencia, pequeños movimientos constantes y algunos reajustes, casi siempre logro alcanzar lo buscado. También he observado que cuando en realidad no puedo hacerlo a pesar de hacer mi mejor esfuerzo, la mejor estrategia es pedir ayuda. Lo que se miraba imposible para nosotros, para alguien más puede ser algo muy sencillo. Y me ha sorprendido como la gran mayoría corre a ayudar si antes nos ha visto esforzándonos y le hacemos el pedido amablemente.

En la entrada que publiqué hace poco mencionaba como era consciente del privilegio de poder caminar. Apenas una semana después la vida me brinda el privilegio de no poder hacerlo y no sé si son los analgésicos hablando, pero creo que estoy disfrutando ambas.

muletas

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