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Promesas rotas, promesas cumplidas II Parte

En el 2008, mientras el mundo atravesaba una de las más profundas crisis financieras de la historia reciente, yo era un próspero emprendedor cuya empresa crecía a ritmo de tres dígitos anuales y así mismo crecían mis ingresos. Borracho de éxito, comencé a irrespetar las reglas más básicas de gerencia y cuando todos los indicadores de la economía global me gritaban que le bajara el ritmo, yo decidí acelerar. Abrimos plantas en 5 ciudades de 4 países, duplicamos empleados, expandimos nuestros mercados de exportación. En el 2012 me declaré en bancarrota.

 

Y no me refiero a esas bancarrotas de las personas que han logrado acumular mucha fortuna y que cierran la empresa, pero sus economías personales no sufren mucho. Me refiero a una bancarrota total incluso a nivel personal, al punto que en el 2012 mi esposa no tenía ni idea de cómo pagar por la escuela de mis hijos, ni la casa, ni las cuotas de los carros, ni los saldos en la tarjeta de crédito. Encima, ella tuvo que velar por mi condición pues la salud también me abandonó al punto que no podía caminar más que unos pocos pasos con ayuda de muletas y arneses. En esos mismos años también me operaron de cálculos renales, justo en el momento en que no sabíamos como pagar por el seguro médico que habíamos tenido por tantos años sin nunca realmente necesitarlo. En esos momentos, mientras todo se derrumbaba a mi alrededor, uno de los pocos puntos de referencia que yo tuve para poder volver a encontrar el rumbo fue mi esposa, siempre al pie del cañón, día a día, pasara lo que pasara.

 

En esos días hice una promesa en el secreto de mi silencio: algún día juntos íbamos a ver el mundo, íbamos a disfrutar de buena comida, íbamos a dejar de preocuparnos tanto por el dinero, pero más importante que todo eso, iba a estar con ella hasta que ella así lo quisiera, poniendo mi mejor esfuerzo para ser el mejor esposo que mi naturaleza tan imperfecta me permitiera ser.

 

Diez años después de ese día aún sigo tratando de cumplir la primera parte, y aunque hemos visitado varios destinos, comemos rico de vez en cuando y nuestras finanzas personales están mejor que nunca, estamos lejos de “ver el mundo”. En ese sentido, y aunque sigue siendo un proyecto en desarrollo, la promesa aún no ha sido cumplida y si me evaluaran hoy sería correcto decir que la promesa fue rota.

 

Al mismo tiempo puedo asegurar que he trabajado más duro en mí mismo que en cualquier otro aspecto de mi vida para poder trascender mi instinto animal que antes me invitaba a cometer tantos errores que harían de nuestra relación de pareja algo mucho menos agradable de lo que hoy es. Hoy puedo decir con orgullo que esos instintos primitivos son cosa del pasado, y que eso ha permitido que después de 22 años de convivencia sigamos encantados de estar el uno con el otro, sigamos disfrutando de la mutua compañía, sigamos haciéndonos falta cuando por alguna razón nos separamos unos pocos días, seguimos hablando por teléfono como cuando éramos novios, seguimos iniciando y cerrando el día con un beso, y seguimos viendo la vida desde esta perspectiva de dos, que la convierte en una aventura digna de ser vivida. En ese sentido considero la promesa cumplida.  

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