Todos sabemos que hay que pagar las deudas. Pero solo las de dinero nos quitan el sueño. Esta es una reflexión sobre las otras — las que se acumulan en silencio con las personas que amamos.
Que hay que pagar las deudas contraídas es algo en lo que todos estamos de acuerdo, al extremo de que, si no lo hacemos, comprometemos cosas tan sagradas como nuestro honor y nuestro prestigio como ser humano.
Desafortunadamente esa seriedad aplica únicamente a las deudas monetarias, dejando por fuera otras que, a mi criterio, son al menos igual de importantes.
Todos nacemos con sueños que cumplir, esos vienen de fábrica en nuestros corazones.
Sin embargo, en el transcurso de la vida poco a poco nos vamos resignando a no buscarlos más, y a medida que los años pasan, esa deuda con nosotros mismos se hace más y más grande, hasta que al final llegamos a resignarnos por considerarla impagable.
Nadie se desprestigia por no perseguir sus sueños y no conozco a nadie que se haya demandado a sí mismo por no haber podido pagar la gran deuda de sueños para con su propio ser.
Asimismo, todos tenemos personas que queremos en nuestras vidas.
Nuestros padres, nuestros abuelos, nuestra familia cercana tanto de sangre como política, los amigos que van apareciendo en el camino, nuestra pareja, los hijos.
Todos merecen y esperan muchos “te quiero”, muchos abrazos, muchos momentos alegres, mucho apoyo en sus momentos duros.
Sin embargo, los enredos diarios de esta vida hacen que no le dediquemos a estas personas con las que compartimos nuestra intimidad, suficiente tiempo y atención, acumulando así grandes deudas afectivas.
¿Por qué hay más presión por pagar las deudas de la billetera que por pagar las deudas del corazón?
¿Cuándo vamos a sentir igual urgencia por hacer esa llamada a nuestros padres para decirle cuánto los amamos y cuánto agradecemos todo lo que hicieron por nosotros mientras crecíamos?
¿Cuándo nos llega el recordatorio de pago que nos hará visitar a ese amigo que en su momento estimamos tanto, pero con quien hace años no hablamos?
¿Cuándo vamos a tomar en serio la deuda de abrazos y elogios que tenemos con nuestros hijos?
¿Cuándo llegará el día en el que nos demanden por no pagar la deuda de besos de buenos días que tenemos con nuestra pareja?
¿Quién lleva la contabilidad de todas las sonrisas no entregadas a esas personas con quienes compartimos nuestro camino?
Un hombre o una mujer de honor debe aspirar a pagar sus deudas. Todas sus deudas, no solo las de dinero.
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