Somos lo que ganamos, perdimos y lo que nunca se nos cruzo en el camino, todo eso que no llegamos ni a poder perder. Somos lo que recordamos, lo que olvidamos, y todo eso que nunca supimos.
Lo más normal del mundo es llevar las cuentas de lo que tenemos, el saldo de nuestra cuenta de banco, las escrituras de nuestros activos, el balance de nuestras deudas, los títulos obtenidos, los reconocimientos logrados.
Dos cajones, uno para lo ganado y otro para lo perdido.
En esos mismos cajones están otras cosas más subjetivas como las memorias de lo vivido, los recuerdos de las personas queridas que ya no nos acompañan, los lugares visitados, los miedos que nos asechan y los sueños que aun albergamos.
Y ahí mismo encontramos a las personas con quienes convivimos actualmente, las “realidades” de nuestro día a día, los aciertos y los errores que llenan nuestras horas, los avances y los retrocesos en nuestros planes, las cosas que ganamos y la cosas que perdemos, las cosas que decimos y otras que callamos.
Pero hoy me desperté pensando en lo otro, en el resto. En todo el resto.
En lo que no tuvimos, en los dineros que no llegamos ni siquiera a poder perder, en las cuentas de banco que nunca abrimos, en los activos que nunca llegamos a tener, en los títulos que nos pasaron de largo, en los reconocimientos que nunca obtuvimos.
Y en ese tercer cajón vamos seguramente a encontrar las memorias de lo que no vivimos, los recuerdos de las personas a las que no quisimos y que nunca nos acompañaron, los lugares que jamás visitamos, los miedos que no experimentamos, los sueños que no tenemos.
Ahí también encontramos esas cosas que no pudimos ni llegar a perder, las ideas que nunca se nos ocurrieron y por lo tanto no pudimos ni olvidar, las palabras que no se nos ocurrió decir y por lo tanto no tuvimos que callar.
Esta mañana saludo a ese resto, a todo el resto, aunque no lo conozca, aunque no tenga ni idea de lo que es o pudo ser.
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