Los Tres Reyes Magos (en Marzo)

tres reyes magos

Photo by Tyson Dudley on Unsplash

 

Hoy mi teléfono me recordó lo que escribí en mi diario hace un año:

“Las fuerzas se encuentran, se reúnen y deciden todo.
Peones van, peones vienen, a merced de este trío.
Poder/Querer/Deber. Sin balance te enredan en el lodo.
Con balance son el truco para escapar del frío.”

 

Y eso disparó esta entrada, después de varias semanas de sequía, pues si algo he tenido que balancear durante los pasados 12 meses es la influencia que tienen en mis actividades diarias esas tres fuerzas: poder, querer y deber.

Más veces de las que puedo contar me encuentro en la posición donde quiero hacer algo, pero no puedo o no debo hacerlo. Y muchas otras la situación es que debo hacer algo que en realidad no quiero, aunque pueda.

El “querer” fue el rector de mi vida de mayo a septiembre el año pasado (2018). Tengo una meta tan clara para mi vida, una realidad que quiero construir tan claramente definida en mi mente, que, si me abandono a estas fuerzas sin buscar intencionalmente el balance, terminaría trabajando 24 horas al día hasta que algo malo me pasara. Y así fue exactamente como ocurrió, pues en octubre se quebró mi espalda y el “poder” se fue de vacaciones, dejándome un mes completo sin poder hacer mucho más que ver el techo de mi cuarto, incapaz de levantarme de la cama.

Ya para noviembre había recuperado la habilidad de movilizarme libremente, y ese tiempo fue muy bien aprovechado para avanzar en mi entendimiento de lo que constituye una vida bien vivida. No es un equilibrio perfecto el que debemos buscar, ni siquiera sé si eso sea posible y estoy convencido que no es necesario.

Lo que estoy aplicando desde entonces en mi propia vida es que, definiendo claramente mi objetivo último, dejo que ese sea mi norte con un sentimiento de deber muy fuerte, deber conmigo mismo, deber con lo que vine a hacer aquí, deber con la humanidad entera que cuenta con que cada uno de nosotros haga su parte a cabalidad.

Dentro de ese gran marco aparece el “querer”, personificado en mis gustos y preferencias, sirviendo como guía más detallado de lo que se supone debo hacer en el día a día. No todos venimos a hacer lo mismo, y por eso no todos venimos con las mismas habilidades y preferencias. Lo más eficiente me parece que es unirse con otros para complementar nuestras debilidades y pulir al máximo nuestras fortalezas para servir a esa alianza con excelencia. Por eso la importancia de auto conocernos y de desarrollar los hábitos correctos es tan alta, pues solo así podremos distinguir que sale de nuestro interior y que es importado y a veces hasta impuesto por la sociedad que nos rodea.

Y por último está el poder, mostrándonos simultáneamente señales importantes de precaución y de mejora.

Su gran sentido de responsabilidad nos dice que, si algo podemos hacer hoy, tenemos la obligación de hacerlo (deber). Y si algo queremos hacer y sentimos que debemos hacer, pero no podemos, tenemos la obligación de desarrollarnos hasta que podamos hacerlo.

Al mismo tiempo nos dice que no podemos hacerlo todo al mismo tiempo, que no podemos cambiar el mundo solos, que no podemos ignorar a nuestros compañeros de viaje y todo lo que aportan a nuestras vidas, que no podemos ver de menos la necesidad de descanso, que no podemos huir de la necesidad de convivencia social, que no podemos tomar por sentado a nuestro circulo íntimo, y que, si ignorando estas advertencias, decidimos hacer cualquiera de estas cosas, no podremos después escapar a las consecuencias de nuestros actos.

Gracias a los tres reyes magos por tanta sabiduría, valida tanto en diciembre como en marzo.

Recuerdos de mi futuro

recuerdos del futuro

Photo by John Moeses Bauan on Unsplash

 

Hoy estuve recordando mi futuro y me sorprende ver cuantas cosas había olvidado.

Fue divertido ver como las canas terminaron ganando la partida a la calvicie, por ejemplo, pues en mis cuarentas era difícil saber cual de las dos ganaría. Más interesante fue ver como después de tantas décadas, mi Esposa me sigue gustando tanto como en mis veintes, y me sorprendió verme jugando con nietos de la misma forma como jugaba con mis hijos cuarenta años antes.

Ya casi no recordaba lo bien que se siente el haber construido una vida alrededor de las actividades que más disfruto, y fue interesante recordar como eso trajo más abundancia de la que en realidad necesitaba, de una forma natural, casi involuntaria. Y volví a sentir lo afortunado que fui por haber descubierto a tiempo que vale la pena hacer el esfuerzo que sea necesario para dedicarse a las cosas que más se disfrutan, y cómo desde ese momento dejé de ver el trabajo como una carga y comencé a verlo como una expresión de lo que en realidad soy.

Seguramente hay muchas cosas que ya olvidé de mi futuro, pero lo que recuerdo es suficiente para seguir adelante 12, 14 o 16 horas diarias, por 5, 6 o 7 días a la semana. Y cuando me siento cansado solo tengo que recordar de nuevo lo sorprendentemente bien que salió todo al final, y como a pesar de tantas vueltas, terminamos llegando justo a donde se suponía que debíamos llegar, acompañados por exactamente las personas que debían acompañarnos.

Felices recuerdos sin duda, que extrañamente vienen llenos de optimismo no de nostalgia. Esa creo que es la mayor ventaja de recordar para adelante. Y usted, ¿qué recuerda de su futuro?

Generaciones

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Photo by Jana Sabeth Schultz on Unsplash

 

Al inicio miraba la vida como una carrera de 100 metros, corta, de poca duración, por lo que había que moverse rápido y darlo todo en un solo empujón de energía.

A medida fui creciendo y madurando, esa imagen se fue borrando, y en su lugar fue apareciendo una carrera más larga, más como una maratón. Van a haber altos y bajos, van a haber momentos de mucha energía y otros en los que dan ganas de quedarse sentado, hay metas de corto plazo, otras de medio y así vamos a ir sumando hasta alcanzar la “meta”, cualquiera que esa sea. La velocidad importa, pero más importa la constancia y el ritmo.

Ahora que mi edad se acerca al medio siglo, está apareciendo una nueva dimensión a esa percepción que tengo de la vida. La sigo viendo como una larga carrera desde el punto de vista personal, pero cada vez más me miro como formando parte de una carrera de relevos, en los que las generaciones anteriores han llevado la estafeta, y ahora, en el pico de mis años productivos, está finalmente en mis manos y es mi responsabilidad sujetarla con fuerza para no dejarla caer y moverme con presteza para entregarla a la siguiente generación en mejor estado que como la recibí.

No vivimos vidas propias, al menos no en el gran esquema de las cosas. Solo tenemos un acto dentro de una gran obra de teatro que se viene desenvolviendo desde mucho antes que naciéramos, aun desde antes que mi bisabuelo Lucio quisiera cambiar sus estrellas y aprendiera a leer y escribir por sí mismo, llegándose a convertir en el escribano del pueblo y ganándose la vida leyendo las cartas a quienes la recibían y tomando dictado de estas personas cuando querían responderlas.

Antes de que mi bisabuela se ganara la vida vendiendo queso en un mercado de Tegucigalpa y cuando todas las demás vendedoras regañaban a sus hijos por no ayudarles suficiente en la venta, ella regañaba a mi viejo porque llegaba a ayudarla, cuando lo que debería estar haciendo es estudiando para que sus hijos tuvieran mejores oportunidades.

Todavía antes de mi abuelo materno, cuyo único acceso a los libros fue a través de tres tomos de una enciclopedia que unos investigadores dejaron olvidados en el Copan Ruinas de principios del siglo XX. Recuerdo como me explicaba, orgulloso, el significado de palabras como “tele” o “resarcimiento”, pues los tomos olvidados cubrían palabras con las letras R-S-T. Sin embargo, lo que más recuerdo de él es su personalidad, que generaba un profundo respeto en todos los del pueblo, respeto que ha sobrevivido a su muerte, al punto que cuando regreso con mi familia a ese lugar, sigo recibiendo tratos preferenciales de gente que nunca antes me ha visto, cuando se enteran de quien soy nieto.

O mi viejo, que lleno de habilidades que pocos comprendieron en ese entonces, pero que hubieran valido millones de dólares en otro lugar y en otro tiempo, peleando constantemente con la epilepsia y el alcoholismo, se negó a ganarse la vida barriendo las oficinas de los abogados donde trabajaba de joven, y contra todas las probabilidades y pronósticos, se terminó ganando una beca para estudiar en los EEUU y con eso nos cambió la vida a todos los que aparecimos después.

También antes de mi madre, eterna emprendedora que se fue de su casa para comenzar a buscar su vida a la edad que mi hija tiene el día de hoy, se casó con mi viejo muy joven, lo acompañó toda la vida y lo cuidó después que enfermó hasta el día de su muerte, y solo entonces empezó a trabajar en sus propios planes, mismos que aún sigue impulsando por pura inspiración, pues podría vivir tranquila aun sin hacer nada si lo quisiera.

Y solo después de todos esos actos y muchos otros que no menciono por falta de espacio, después de todas esas historias, aparezco yo y los otros primos de mi generación, para continuar avanzando y mejorando. Es a nosotros a quienes nos corresponde seguir escribiendo la historia de la familia, y por extensión, de la humanidad entera, honrando lo logrado por los que estuvieron antes y responsabilizándonos por lo que dejaremos a los que vendrán después.

La vida es inmensa, mucho más que una sola persona. Y al mismo tiempo, cada persona tiene un papel tan importante, que el todo no sería todo si esa persona faltara. Finalmente empiezo a comprender mejor la emoción que siento cada mañana cuando me levanto y de donde viene el combustible para tanta aspiración que aún me acompaña. No solo es mi energía, es la de todos mis ancestros, y no solo es por mí, sino por todas las generaciones que vendrán después.

Ojalá podamos hacer un buen papel y dejar a las futuras generaciones condiciones aún más favorables que las que recibimos nosotros. Si así lo hacemos, nos habremos ganado el derecho a ser recordados con el mismo cariño, admiración y respeto con el que hoy recordamos a nuestros ancestros.