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La pregunta más importante: ¿Por qué?

El camino es largo, muchas veces no es fácil, a veces tendremos ganas de sentarnos y no seguir avanzando, y por temporadas sentiremos que todo conspira en nuestra contra. Cuando eso ocurre solo hay dos fuentes de energía posibles: O huimos de lo que no queremos o buscamos aquello que queremos.

En mi experiencia personal he visto que ambas funcionan, sin embargo, la calidad de la experiencia que dan es diametralmente opuesta. Esto es así por muchas razones, pero la más obvia es que es difícil ser feliz huyendo. Esta es la razón por la cual una persona avanza por su camino disfrutando cada paso, mientras que otra, en circunstancias muy parecidas y siguiendo un camino similar, incluso dirigiéndose al mismo destino, sufre cada día.

Por esa razón la decisión más importante que tenemos que tomar es cuál es nuestro por qué. Y me atrevo a decir que más bien lo que tenemos que hacer es recordar, pues cada vez estoy más convencido que la decisión la tomamos antes de nacer.

Y para plantear la pregunta de una forma aún más práctica, se trata de definir cuál es nuestra vida ideal.  Esto tenemos que hacerlo no tomando en cuenta lo que creemos posible en este momento, o lo que nuestros recursos actuales podrían sugerir como “alcanzable”, o comparándolo con lo que han hecho otras personas de nuestra familia en el pasado. No. Nada de eso importa. Este no es momento para ser “práctico” o “realista”.

Este es uno de los más importantes puntos de inflexión en nuestro camino, y es necesario darle toda nuestra atención. El camino ante usted le ofrece casi infinitas posibilidades, por lo que es fácil confundirse y perseguir con furia la meta equivocada. Recuerdo claramente la frase de Stephen Covey en su libro Los 7 Hábitos de las Personas Altamente Efectivas, donde alerta que antes de preocuparnos por la velocidad en la que vamos a subir la escalera, es buena idea verificar que esta se encuentre apoyada en la pared correcta.

Entonces, con todo eso dicho hasta ahora, solo falta poner manos a la obra en diseñar esa vida ideal que buscamos. ¿Cómo? Esa es, por supuesto, la próxima pregunta lógica. Y eso es tan personal que hay prácticamente una respuesta para cada persona. En el futuro vamos a intentar diseñar un proceso que pueda ayudar en ese camino, pero en este momento no dejemos que el no saber como vamos a hacerlo nos distraiga de la toma de conciencia sobre la absoluta y vital importancia de hacerlo. Una vez con esa necesidad sembrada en nuestra conciencia, nuestra propia inteligencia natural, que esta justo en la frontera de lo humano y lo divino, comenzará a proveernos de respuestas y así el camino se irá aclarando a medida que avanzamos.

Lo importante es comenzar, y para comenzar solo es necesario comenzar.  

Subidas y Bajadas

Las cosas me han salido muy bien en estos últimos meses. Hemos experimentado avances muy concretos en casi todos los aspectos de nuestra vida y hay razones muy concretas para ver la vida con optimismo. Y en medio de este optimismo, no puedo dejar de pensar como mi vida me ha dado una buena cuota de estos momentos tranquilos y también una buena de otros más tormentosos.   

Hoy tengo mucho más claras las causas de estos altibajos, aunque esta reflexión no es sobre sus causas sino respecto a la actitud que creo debemos mantener a lo largo de ellos, pues después de haber cometido casi cualquier error posible, por fin entendí que una vida bien vivida se vive igual de subida que de bajada, y que las mismas actitudes que nos ayudan a hacer más fácil la vida cuando parece que vamos cayendo son las mismas que nos ayudan a mantener la paz cuando vamos subiendo.  Si lo pienso con cuidado, estas se reducen a unas cuantas cosas nada más. Y si las resumo en extremo me quedan solo 3 palabras: Humildad – Trabajo – Paciencia.

En las bajadas, hay que tener humildad para hacer lo que nos toque hacer para salir adelante y no quedarnos atrapados en el lodo de la vida. Hay que tenerla para pedir ayuda cuando sea necesario. Hay que tenerla para deshacernos del equipaje extra que pudimos haber acumulado en las subidas y que en esos momentos se puede volver demasiado pesado, retrasando nuestro despegue.

En las subidas, hay que tener humildad para reconocer que solo somos depósitos temporales de divinidad y que somos canales e instrumentos a través de los cuales opera el Ser Superior. Humildad para recordar que cuando esa Divinidad abandone nuestro cuerpo, nosotros moriremos, sin importar lo bien que nos pueda estar saliendo todo en ese momento. Y humildad para reconocer que las cosas cambian constantemente, y los que están abajo hoy pueden perfectamente estar arriba mañana.  

En las bajadas, hay que hacer mucho trabajo para poder revertir la situación. La diferencia entre los que se caen y se levantan versus los que se caen y se quedan abajo, así como la velocidad con que se logran levantar, guarda una relación directa con la cantidad de trabajo que son capaces de ofrecer. Ese no es momento para perezas o descansos muy prolongados.

En las subidas, hay que poner mucho trabajo para asegurar todos los cabos sueltos que pudieron quedar en el despegue, y hay que hacer lo necesario para asegurar que se hacen las cosas requeridas para asegurar la sostenibilidad del vuelo. Asimismo, es momento oportuno para ofrecer una mano solidaria a quienes vengan atrás de nosotros, ofreciéndoles la experiencia adquirida cuando estuvimos abajo. Todo eso deja poco tiempo para perezas o descansos muy prolongados.

En las bajadas, sin importar los esfuerzos, vamos a tener que armarnos de paciencia para empezar a ver los resultados. Nada va a suceder tan rápido como nos gustaría que pase y a veces vamos a sentir que nos asfixiamos en la situación a pesar de nuestros mejores esfuerzos.

En las subidas, una vez que la emergencia ha pasado y hayamos retomado el camino hacia nuestros sueños, vamos a tener que armarnos de paciencia pues no vamos a avanzar hacia ellos tan rápidamente como nos gustaría, y mientras más grande sea el sueño, es probable que sea necesario mantener el esfuerzo por más tiempo.

En resumen, cuando las cosas van empeorando, las actitudes de humildad, trabajo y paciencia son las que nos van a permitir salir del agujero en el que cualquiera puede caer en cualquier momento. Y cuando vamos de subida, las mismas actitudes nos permiten aprovecharla mejor, no solo para nuestro propio beneficio sino también para el de todos los que de alguna forma tengan contacto con nosotros.

La esclavitud de las circunstancias

A lo largo de mi vida he tenido períodos en los que parece que las estrellas se alinean en mi contra. Nada me sale bien y poderosas fuerzas como el azar o el destino parecen trabajar en mi contra.

Eventualmente los vientos cambian y parece que todo lo que toco se convierte en oro, la buena suerte me acompaña y de la “nada” salen aliados que hacen que los planes se conviertan en realidad con relativamente poco esfuerzo de mi parte.

Tuve que pasar por 25 años de estas experiencias para poder entenderlas mejor y corregir algunos de mis comportamientos que hacían peor los momentos malos y menos agradables los buenos. Se necesitó un nuevo período tormentoso, que me visitó entre junio y septiembre del 2018, para poder realmente internalizar estas valiosas lecciones. Esto es lo que aprendí en ese período:

  • Aprendí que la vida es un juego mental en primera instancia, y el juego físico, aunque importante, es secundario.

 

  • Aprendí que tratar de corregir lo que uno percibe como no-deseable en su vida mediante esfuerzo físico, que en mi caso toma la forma de largas jornadas de trabajo, sin atender el juego mental que lo acompaña, es como cuando necesitamos imprimir 100 copias de una carta y al comenzar la impresión nos damos cuenta de un error y nuestra reacción es corregir una a una cada nueva copia impresa, sin recapacitar que si cambiáramos el documento original en el procesador de textos de la computadora, el error dejaría de manifestarse automáticamente y sin esfuerzo.

 

  • Aprendí que el juego mental es un juego de atención. Lo perdemos cuando nos enfocamos en lo que NO tenemos, en aquellas cosas que nos dan miedo o en aquellas circunstancias que parecen fuera de nuestro control. Mientras más atención le demos a estos aspectos “negativos” (así, entre comillas pues nada es negativo en realidad), más fuerza les damos sobre nuestras vidas.

 

  • Aprendí que ganamos el juego mental cuando independientemente de las circunstancias que nos rodeen, somos capaces de mantener nuestro enfoque en nuestros sueños, en nuestras aspiraciones, en las cosas que deseamos, en las cosas que SI podemos controlar.

 

  • Aprendí que ese mundo mental es nuestro propio procesador de textos. Ahí es donde se escribe el libreto original de nuestra vida, y es ahí donde debemos hacer las correcciones que consideremos necesarias. La “realidad” (así también entre comillas), es solo un subproducto de ese libreto.

 

  • Aprendí que el trabajo físico puede ser cansado y difícil, sin embargo, aprendí que es mucho más difícil poder mantener el enfoque en las cosas que deseamos cuando se tiene enfrente una batería de circunstancias contrarias a nuestros deseos. Casi de manera espontánea, involuntaria e inconsciente, cuando esas circunstancias aparecen, nos obsesionamos con ellas, al punto que no podemos pensar en nada más. Cuando eso ocurre, nuestro esfuerzo más importante debe ser para quitarle la atención y volver a concentrarnos en nuestro procesador de textos para reescribir lo que no nos está gustando.

Con toda sinceridad creo que ese es el trabajo más difícil que se nos puede pedir hacer, y por eso, quien lo aprende, tiene la responsabilidad de compartirlo con cuantas personas pueda, pues de esa forma estará contribuyendo de una manera muy concreta a la construcción de un mundo mejor.

Cuando en septiembre 2018 logré ver estos puntos, aun en medio de la tormenta que me estaba cayendo, de manera inmediata y como por arte de magia las cosas comenzaron a mejorar. Las circunstancias más complejas se resolvieron, los obstáculos más grandes fueron removidos, y tal vez el más importante de todos los cambios experimentados durante ese período es que mi aceptación de lo que estaba pasando, así como de todas las cosas “malas” (sí, de nuevo entre comillas), que podía imaginarme en mi futuro, creció a un nivel hasta el cual ya no importaban más, pues pasara lo que pasara, tenía la absoluta convicción de poder cambiarlo simplemente reescribiendo el libreto en mi mente y en mi corazón. En menos de 60 días recuperé mi salud, recuperé mi estabilidad, recuperé mi habilidad para seguir construyendo mi vida ideal sin distracciones.  

Aun no he llegado al punto donde veo mi futuro con certeza absoluta, pero con toda seguridad ya llegué a la estación intermedia desde donde lo veo como la materialización exacta de las cosas que mayor bien van a hacerle a mi alma en su camino eterno. Lo veo con la absoluta confianza que me da mi papel de co-creador y aun si me distraigo de nuevo y empiezo a concentrarme en las cosas que no quiero, comprendo claramente donde debo poner mi atención para cambiar esas circunstancias a otras más en línea con mis deseos.

Aunque falta mucho camino por recorrer, ya empiezo a sentir lo que se siente ser libre de la más grande esclavitud de nuestros tiempos: la esclavitud de las circunstancias. Y eso no lo cambiaría ni por 1.2 billones de dólares.