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Reflexiones en voz alta: ¡Mi Esposa tiene canas!

Ella ha estado ahí, trayendo orden a mi caos, generando pausa y silencio a mi locura, siempre apoyando sin pedir nada, poniendo en pausa su vida cuantas veces sea necesario si eso es lo que más conviene a la familia. Aguantar este sabelotodo, a veces gruñón y a veces insoportable, mirando siempre el futuro y muchas veces obviando el presente, soñando en grande y constantemente subestimando los detalles, con poca empatía natural y absolutamente iletrado en las cosas cotidianas. Eso es trabajo de diosas o mínimo heroínas.

Reflexiones en voz alta: Día del Padre

Yo digo a cada rato que yo soy soldado para que mi hijo sea granjero y mi nieto poeta, sin darme cuenta de que no nací en un campo de batalla sino en una granja. Yo soy el granjero y él fue el soldado. Y ante eso solo puedo decir gracias, 20 años tarde, pero gracias hasta donde estés por todo lo que siempre hiciste.

Números

Los números siempre me quisieron más a mí de lo que yo los quise a ellos, y aunque siempre han estado dispuestos a revelarme sus secretos, hasta hace poco yo había prestado poca atención a lo que trataban de decirme.

Fue gracias a ellos que mis padres pudieron matricularme en la escuela primaria con menos años de los oficialmente requeridos, pues los resultados de las pruebas que me hicieron tuvieron más fuerza que las objeciones del psicólogo, quien decía que yo aun no tenía suficiente madurez para empezar mis estudios.

Ironías de la vida que 7 años después, mientras la mayoría de mis compañeros disfrutaban sus años de escuela secundaria en su pubertad, yo los estaba sufriendo mientras pasaba por mis últimos años de niñez, y con una reacción tan inmadura como para reivindicar al psicólogo aquel que en su momento se opuso a mi matrícula temprana, decidí alejarme de todas las cosas que podían verse como impopulares, entre ellas, los números.

Aun así, decidí matricularme en una ingeniería y una vez más los números se portaron muy bien conmigo, al punto que muchas veces complementé mi perpetuamente escasa mesada impartiendo clases de álgebra, trigonometría, cálculo o ecuaciones diferenciales. Recuerdo que muy a menudo mis calificaciones eran algo así como 98 en el primer examen, 100 en el segundo y 12 en el tercero, con lo que lograba matar dos pájaros de un tiro: aprobar la clase y agraviar al profesor de turno, quien no tenía forma de saber que mi pleito no era tanto con él como con los números en general.

En mi vida real tampoco he sido muy amigo de los números, sobre todo en lo que respecta al dinero, y de nuevo estoy convencido que soy mejor tratado por ellos de lo que en realidad merezco, pues a pesar de haber sido desordenado e irrespetuoso hasta el extremo con mis ingresos, nunca he padecido de escasez real, de esa que se transforma en hambre o en frío.

Tuve que llegar a la mitad de mi vida para comenzar a reconciliarme con los números. Ahora respeto mis ingresos, tengo un presupuesto, controlo mis gastos, destino una parte al ahorro, otra a la inversión, cuento mis pasos diarios, mido las horas que trabajo, monitoreo mi presión y mi colesterol. Y como suele pasar en las reconciliaciones, la emoción está siendo un poco más intensa de lo normal, al punto de que cada vez mas estoy consciente de los números que me rodean por todos lados.

Sin embargo, no son los mismos números abstractos de los que huía en mi juventud, sino unos mucho más reales, cercanos, íntimos.

Por ejemplo, me encanta el número 3, pues siento que tiene una fuerza natural que puedo aprovechar para avanzar en mis emprendimientos. Me gusta mucho partir las cosas en 5 o cualquiera de sus múltiplos. El 6 y el 13, al ser tan mal vistos por algunas religiones, los guardo en un lugar especial, al lado de los incomprendidos y marginados. Pero mi número favorito, o si no favorito, por lo menos el más abundante, parece que es el uno.

Una vida, una esposa, un hijo, una hija, una fortaleza y una debilidad dignas de ser tomadas en cuenta, un fracaso, un éxito, un remordimiento, un suspiro cada domingo, una lágrima siempre en deuda, una broma de más, un refrescante minuto de crisis de vez en cuando, un grito inoportuno, una llamada telefónica de menos a mi madre, una disculpa tardía, una empatía atrofiada, una solidaridad insuficiente, y un solo momento, este, que viene con una certeza inquebrantable de que si lo aprovecho como debo, me guiará, a su ritmo y a su tiempo, hacia la realización de un sueño, mi sueño.

¿Será este el poder de uno? Realmente no lo sé, pero no importa. Solo es cuestión de sumar una duda más a una larga lista de cosas existenciales que desconozco y que vuelven la vida tan interesante.