Uno de mis más viejos recuerdos en esta vida es que yo les decía a todos que quería ser presidente de Honduras.
Debería haber tenido no más de unos 6 años por esos días cuando mis tías de Copán Ruinas se divertían con mis ocurrencias.
En mis tiempos de Universidad me tiré de cabeza a la política estudiantil, queriendo con todas mis fuerzas mejorar la situación precaria de mi alma mater, estatal, pública, decrépita, pobre y desordenada.
Como profesional joven siempre tuve problemas con los límites y la autoridad.
Me dejé crecer el pelo, me puse un arito en la oreja, me hice un tatuaje, me compré una moto, en fin, cualquier cosa que le gritara al mundo que no me lo tomaba muy en serio ni estaba muy preocupado por cumplir con sus normas.
Más adelante en mi carrera profesional me aburrí de las estructuras corporativas y me lancé a una aventura emprendedora que me dio una década entera de fuertes emociones, grandes logros y estrepitosos fracasos.
Ahora miro claramente que todos esos eventos eran sólo la manifestación exterior de una búsqueda interna intensa, y todas esas acciones eran solo golpes de cincel que yo le estaba dando, la mayor parte de veces completamente a ciegas, a esta vida que de repente me había caído encima.
Esa era mi forma de expresar mi deseo de encontrar mi espacio, de identificar mi lugar en el mundo, una vez que entendí que ese lugar hay que construirlo, que no te lo dan al nacer, sino que tienes que labrar esta roca, con las herramientas que tengas, hasta que poco a poco se va haciendo un huequito en el que eventualmente encajas.