Generaciones

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Photo by Jana Sabeth Schultz on Unsplash

 

Al inicio miraba la vida como una carrera de 100 metros, corta, de poca duración, por lo que había que moverse rápido y darlo todo en un solo empujón de energía.

A medida fui creciendo y madurando, esa imagen se fue borrando, y en su lugar fue apareciendo una carrera más larga, más como una maratón. Van a haber altos y bajos, van a haber momentos de mucha energía y otros en los que dan ganas de quedarse sentado, hay metas de corto plazo, otras de medio y así vamos a ir sumando hasta alcanzar la “meta”, cualquiera que esa sea. La velocidad importa, pero más importa la constancia y el ritmo.

Ahora que mi edad se acerca al medio siglo, está apareciendo una nueva dimensión a esa percepción que tengo de la vida. La sigo viendo como una larga carrera desde el punto de vista personal, pero cada vez más me miro como formando parte de una carrera de relevos, en los que las generaciones anteriores han llevado la estafeta, y ahora, en el pico de mis años productivos, está finalmente en mis manos y es mi responsabilidad sujetarla con fuerza para no dejarla caer y moverme con presteza para entregarla a la siguiente generación en mejor estado que como la recibí.

No vivimos vidas propias, al menos no en el gran esquema de las cosas. Solo tenemos un acto dentro de una gran obra de teatro que se viene desenvolviendo desde mucho antes que naciéramos, aun desde antes que mi bisabuelo Lucio quisiera cambiar sus estrellas y aprendiera a leer y escribir por sí mismo, llegándose a convertir en el escribano del pueblo y ganándose la vida leyendo las cartas a quienes la recibían y tomando dictado de estas personas cuando querían responderlas.

Antes de que mi bisabuela se ganara la vida vendiendo queso en un mercado de Tegucigalpa y cuando todas las demás vendedoras regañaban a sus hijos por no ayudarles suficiente en la venta, ella regañaba a mi viejo porque llegaba a ayudarla, cuando lo que debería estar haciendo es estudiando para que sus hijos tuvieran mejores oportunidades.

Todavía antes de mi abuelo materno, cuyo único acceso a los libros fue a través de tres tomos de una enciclopedia que unos investigadores dejaron olvidados en el Copan Ruinas de principios del siglo XX. Recuerdo como me explicaba, orgulloso, el significado de palabras como “tele” o “resarcimiento”, pues los tomos olvidados cubrían palabras con las letras R-S-T. Sin embargo, lo que más recuerdo de él es su personalidad, que generaba un profundo respeto en todos los del pueblo, respeto que ha sobrevivido a su muerte, al punto que cuando regreso con mi familia a ese lugar, sigo recibiendo tratos preferenciales de gente que nunca antes me ha visto, cuando se enteran de quien soy nieto.

O mi viejo, que lleno de habilidades que pocos comprendieron en ese entonces, pero que hubieran valido millones de dólares en otro lugar y en otro tiempo, peleando constantemente con la epilepsia y el alcoholismo, se negó a ganarse la vida barriendo las oficinas de los abogados donde trabajaba de joven, y contra todas las probabilidades y pronósticos, se terminó ganando una beca para estudiar en los EEUU y con eso nos cambió la vida a todos los que aparecimos después.

También antes de mi madre, eterna emprendedora que se fue de su casa para comenzar a buscar su vida a la edad que mi hija tiene el día de hoy, se casó con mi viejo muy joven, lo acompañó toda la vida y lo cuidó después que enfermó hasta el día de su muerte, y solo entonces empezó a trabajar en sus propios planes, mismos que aún sigue impulsando por pura inspiración, pues podría vivir tranquila aun sin hacer nada si lo quisiera.

Y solo después de todos esos actos y muchos otros que no menciono por falta de espacio, después de todas esas historias, aparezco yo y los otros primos de mi generación, para continuar avanzando y mejorando. Es a nosotros a quienes nos corresponde seguir escribiendo la historia de la familia, y por extensión, de la humanidad entera, honrando lo logrado por los que estuvieron antes y responsabilizándonos por lo que dejaremos a los que vendrán después.

La vida es inmensa, mucho más que una sola persona. Y al mismo tiempo, cada persona tiene un papel tan importante, que el todo no sería todo si esa persona faltara. Finalmente empiezo a comprender mejor la emoción que siento cada mañana cuando me levanto y de donde viene el combustible para tanta aspiración que aún me acompaña. No solo es mi energía, es la de todos mis ancestros, y no solo es por mí, sino por todas las generaciones que vendrán después.

Ojalá podamos hacer un buen papel y dejar a las futuras generaciones condiciones aún más favorables que las que recibimos nosotros. Si así lo hacemos, nos habremos ganado el derecho a ser recordados con el mismo cariño, admiración y respeto con el que hoy recordamos a nuestros ancestros.

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